Desacuerdo con todo: Crónicas descoyuntantes : Historia de un imbécil redomado. (Capítulo 2)

martes, 15 de octubre de 2013

Crónicas descoyuntantes : Historia de un imbécil redomado. (Capítulo 2)





Capítulo Nº2 : Pesadilla por indigestión de judías blancas mohosas.




Y la vida sigue sin cambiar. Conviviendo con ésta negatividad, no voy a ir a ninguna parte. Algo de lo que me quejo hoy, mañana habráse solucionado, y me tendré que quejar por otra distinta.


Es el momento de cambiar de rutina, de despegarse de la podredumbre, e intentar descarrilar éste tren de vida putrefacta, que sólo conlleva penas turcas, y tripas negras.

Y así llegué a la conclusión. La vida es aprender, escalar posiciones en la etapa evolutiva mental, darse a cosas más elevadas y enriquecedoras, casi tanto como las pastillas Avecrem, si es posible.


Tomé la decisión de mi vida. Era el momento y el lugar, y me sentía con fuerzas de llevarlo a cabo : Debía exterminar a mi mujer y a ese personaje.
Digamos que por fuerza mi vida tenia que mejorar. Es como quitarte una piedra del zapato, la cual lleva tres horas tocándote los huevos a manos alzadas.


Empecé a ponerlo en práctica. Me compré un libro que estaba de moda en el barrio, llamado "Cómo matar a tu mujer y a tu hijo en sencillos pasos". Resultó que los pasos no eran tan sencillos como el libro prometía, ya que el final del mismo te aseguraba una estancia en la cárcel bastante desagradable, y no podía permitirme ese placer. Es curioso que la fama en incremento de esa novela, diera en el barrio tantos casos de asesinatos múltiples sin atenuante posible, pero eso me tranquilizaba : Había gente tan desesperada como yo. Así quedaba demostrado que ese libro funcionaba, pero lo de acabar entre rejas me tiraba un tanto para atrás.


Así fue como acabé por adquirir "El asesinato. Edición para Dummies" -Sigue disponible en Ebay- , que ya me ayudó más.
El libro contenía una base de datos bastante extensa, de Modus Operandi bastante estúpidos, rozando la gilipollez y el mundo estólido.


El capítulo número uno se titulaba : "La compra, una trampa mortífera".
A simple vista, me pareció un completo cachondeo, pero ni por asomo. Nunca me lo había planteado, pero era una buena idea.
Los miércoles, mi mujer y mi "hijo" tienen costumbre de ir a la compra juntos, ya que el niño tiene que ir a por la metadona, y así van juntos. Era el momento clave : Debía colocar cincuenta gramos de explosivo plástico en el carrito de la compra, activarlo por control remoto, y a otra cosa mariposa.

Fuí como cada lunes al mercadillo de antigüedades del Paseo de la Concha, en el cual encuentras casi de todo, menos panfletos izquierdistas del Partido Popular.
Total, que por cuatro o cinco euros, me hice con el explosivo plástico y lo escondí debidamente en el carro de la compra. Sólo faltaban dos días, y mi tan malévolo como estupendo plan, llegaría a su punto álgido.


Llega miércoles, todo se desenvuelve con total normalidad.


HERMENEGILDA : ¡Abel, hijo! Vamos a comprar al supermercado, y de paso recogemos tu metadona, no sea que te entre una de tus enajenaciones mentales transitorias, y te vuelvas a mear en el gotelé.

ABEL : JODER, JODER, JODER!!! Sí.

ALFREDO : ¡Que vaya bien, famlia!



Se escuchó la puerta cerrarse. Jamás me había alegrado tanto de escuchar las bisagras podridas y oxidadas rechinar de ese detestable modo.


Calculé más o menos la distancia, y el tiempo que solían tardar en dirigirse al supermercado. Tampoco era plan de montar una masacre en medio del establecimiento, así que debía hacer explotar el artefacto cuando iban por la Calle Mayor, que solía estar bastante solitaria.


Pasaron los cinco minutos habituales. Vacilé unos instantes. Iba a hacerlo.
Tres, dos, uno. BOOM.


Se escuchó una explosión tremebunda, todo había terminado. Me acosté en el sofá, y me quedé profundamente y felizmente dormido.

Pasaron un par de horas y me desperté. Realmente, ni recordaba qué había hecho de lo poco que me llegaba a importar.

Fuí al baño a darme una relajante y distendente ducha, y entonces lo escuché.


Escuché ese odioso rechinar de las asquerosas bisagras de la asquerosa puerta, que me volvió a parecer un aterrorizante sonido, como de costumbre.


Les ví aparecer de nuevo. De una pieza, sin el carrito de la compra, y lo más desconcertante : SONRIENDO.

Sin dar tiempo a seguir preguntándome qué diablos había ocurrido, exclamé :

ALFREDO : ¡Familia! ¡Cuánto habéis tardado!

HERMENEGILDA : Sí, cariño. Es que ha habido un cambio de planes sobre la marcha.

ALFREDO : ¿Ah, sí? ¿Y de qué cambio de planes estamos hablando, si puede saberse?

HERMENEGILDA : Se puede, se puede. Resulta que hoy había recogida de alimentos para los pobres en el convento del barrio, y hemos decidido llenar el carro de la compra de ricos manjares, para que esos pobres y apestosos desgraciados llenen sus desnutridas tripas, al menos una vez al año. Hemos dejado allí el carro para que puedan repartir los alimentos por las demás parroquias. ¿Qué te parece, amado mío?


Al rato informaron en las noticias de una terrible explosión en el convento, que había dejado centenares de muertos, y algún cojo suelto. Los servicios de emergencia no daban para más, y estaban habilitando buzones de correos como pulmones de acero, atendiendo a la desbandada de cuerpos que habían ido volando hasta la Isla de Pascua.

Genial. Pasé de ser un humilde padre de familia intentando deshacerse de la susodicha, a liquidar a doscientas monjas Clarisas, Testigos de Jehová, vendedores de enciclopedias, el capellán del barrio y a Rosi, la peluquera.

Apagué el televisor e hice ver que no pasaba absolutamente nada.

-¿Has oído esa tremenda explosión?- Preguntó Hermenegilda.
-Ehm, no. No he escuchado absolutamente nada, estaba escuchando a los Ramones a toda leche.

Eso no quedó ni creíble, pero bueno. Creo que la situación me estaba sobrepasando un poquitín, y la incongruencia me estaba envolviendo en un acogedor velo.

Y así llegó la hora de cenar, sentándonos los tres en la mesa, como todos los días.
Lo curioso, raro y sospechoso, es que nadie se insultaba. Es decir, nadie ME insultaba.

Tenía judías blancas con perejil para cenar. Uno de mis platos favoritos. De forma inquietante, me observaban zampar con fruición, mientras ellos se tomaban un yogur de soja, de esos que te ayudan a ir al baño cosa fina.


Al terminar el plato, los dos dibujaron una simultánea y cómplice sonrisa diabólica en sus caras, la cual me hizo entenderlo todo.


- ¿Sabíais que había una bomba en el carrito, verdad?- Pregunté retóricamente.
- Por supuesto que sí, querido. Tantos años a tu lado me han hecho aprender bastante, ¿O qué te creías? -



Por un momento pensé que no eran tan imbéciles como yo había creído todos esos años. Igual no ayudó olvidar los manuales encima de la mesa de la cocina el día anterior, pero eso son detalles sin importancia, futesas, perras chicas.


ALFREDO : ¿Se puede saber cómo os habéis dado cuenta de mis intenciones? El plan era estúpido, pero vosotros lo sois en un grado mayor aún. ¿Cómo es eso compatible?

HERMENEGILDA : Cuando nos hemos marchado, has gritado con optimismo "¡Que vaya bien, familia!"
Habiendo dicho ésto, sólo podía ser que te hubieses vuelto completamente loco, o que hubieses llenado mi carro de la compra con explosivos para tumbar a un búfalo adulto.



Pasé una de las peores noches de mi vida. Las pesadillas que tuve esa noche no tuvieron parangón posible, superaron todas mis expectativas. Ahí me di cuenta de que el acompañamiento de las judías no era perejil precisamente, sinó un hongo enmohecido de una manera salvaje, preparado con saña y alevosía.



Me castigaron duramente por el intento de homicidio múltiple. El castigo de la indigestión de judías blancas mohosas es uno de los más retorcidos, dolorosos, detestables y asquerosos de todos los tiempos. Para más INRI, me escondieron el bicarbonato, para hacerme sufrir hasta el último instante, merecidamente.


Y eso prueba que me quieren demasiado. No pudieron deshacerse de mí cómo yo intenté hacer con ellos. Mi vida ha cobrado un poco más de sentido, ahora tengo esperanzas. Veo la luz al final del túnel, aunque el suelo del final de la boca del tren esté impregnada en heces de burro albino.






La semana que viene leeré el segundo capítulo del manual. Les tendré que pedir que me digan dónde lo han escondido.  A ver si sigo vivo para entonces.



















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